Respuesta a Lorenzo Olarte

26 04 2007

VIAJE AL AAIUN OCUPADO. RESPUESTA AL SR. LORENZO OLARTE

No todas las personas de este mundo viajan igual y no a todas las personas
de este mundo se les espera de igual modo en los lugares que visitan. Unos
son invitados; otros no; y no todo el que invita puede hacerlo con la misma
dedicación, ostentación o cuidado. El señor Olarte viajó al Aaiún y él sí
fue allí bien recibido y agasajado, con pompa y esmero, por los
representantes del gobierno marroquí. No ha ocurrido lo mismo con las
delegaciones de parlamentarios españoles y con las organizaciones
independientes de derechos humanos. Luego, es fácil colegir que el señor
Olarte fue bien recibido y agasajado porque se prestó a certificar lo que
habría de certificar. Dos cosas, fundamentalmente: una, cuánto ha cambiado
el Aaiún en los 30 últimos años gracias a la generosidad y el buen gobierno
de Marruecos; y, dos, en esa ciudad ocupada no ocurre nada sospechoso y
espurio. Don Lorenzo Olarte viajó como miembro de una organización pro
Derechos Humanos.

Desbrocemos el asunto, conforme las opiniones del señor Olarte del 25 de
febrero pasado en *La Provincia* de Las Palmas de Gran Canaria:

Desde el título del escrito la intención es palmaria: “*El Aaiún de ayer y
el Aaiún de hoy*”. La estratagema no es singular y es vieja. De ella están
llenos los escritos, relaciones y crónicas de los conquistadores e
invasores: él estuvo allí antes de la Marcha Verde y el desalojo de los
españoles y él acababa de venir de allí por invitación expresa de los
invasores. Luego (tal como ocurre en los escritos citados, de Hernán Cortés,
por ejemplo) puede hablar con (cito) “*conocimiento de causa sobre el cambio
*”. Recuerde el lector: 30 años después. Es fácil la pregunta, quiero decir,
no es demagógica: ¿treinta años después alguien de los que en Canarias
vivimos reconocería la esquina de la calle en la que vivió hace treinta
años? Conocimiento de causa. Mas, ¿quién y qué propicia el cambio? La
respuesta para don Lorenzo es evidente. La guardo para más adelante. Ahora
apunto otro de los ardites de su estratagema: para los saharauis un
sentimentalismo menesteroso y nada exigente (“*entrañable territorio*”,
escribe); para los españoles, dado que él se instruyó en el centrismo y
descubrió en un momento provechoso el nacionalismo, callos en los codos.

No se portaron bien los españoles en los despachos de ciudadanía para los
saharauis en el desalojo, ni se comportan como tales en el mantenimiento del
idioma patrio en ese territorio. (Música para los sordos, sin embargo, en
este caso. Es Marruecos quien secciona ese desarrollo por su segunda lengua:
el francés.)

La respuesta a la pregunta hecha antes la monta el señor Olarte sobre una
metáfora sutil: 30 años antes el Aaiún era una oruga, es decir, un pequeño
bicho rastrero con posibilidades que los naturales del lugar no hubieran
podido desarrollar por sus méritos; 30 años después los deméritos de los
naturales tienen una consecuencia: la oruga se ha convertido en una bella
mariposa porque Marruecos (esa entidad superpuesta y preparada para la
transformación) —cito— se “*ha volcado para el cambio*”. Curiosa dicotomía
que hace vacío sobre los propietarios naturales de un territorio que se
llama Sahara Occidental frente a los invasores reconocidos por las
organizaciones internacionales de un territorio ocupado que se llama Sahara
Occidental. Olarte estuvo allí y expuso sus categorías. Un nacionalista
reconoce una evidencia sin oponer fundamentos a su desglose. Cabe, entonces,
otra pregunta: ¿con qué saharauis mantuvo Canarias “*lazos sinceros e
inequívocos de fraternidad*”? No con los expoliados, se deduce del escrito
del señor Olarte. Según su criterio, esos lazos se mantuvieron y mantienen
con los saharauis colonizados por los españoles y con los saharauis
colonizados por Marruecos. Gracias al reino de Marruecos en treinta años el
Aaiún (y el Sahara Occidental toda) camina hacia donde su criterio (que no
dista mucho de los intereses occidentales) camina a paso firme y decidido:
la modernización y la occidentalización. Estorban en el fin los saharauis
que luchan y reclaman un referéndum de autodeterminación para su territorio,
y con él que se les devuelva el territorio en el que construir con capacidad
y solvencia una república árabe democrática.

Aduce el señor Olarte que los saharauis del Aaiún “*así lo reconocen [el
cambio por los favores y gracias marroquíes] sin reserva*” y los que no
están “*que vuelvan ahí*” para que lo comprueben y se dejen de molestar con
sus peticiones y protestas.

Yo estuve allí; yo voy allí. No vi ni veo ahí lo que don Lorenzo Olarte
cuenta.

La ciudad de la que habla don Lorenzo es distinta a la que yo conozco, en la
que yo nací, El Aaiun en el que vivió mi familia durante veinticinco años,
la que tuvimos que abandonar dejando nuestra casa, nuestras pertenencias,
nuestros recuerdos… Y, lo que es peor, dejando a nuestros amigos muertos
en la calle, secuestrados y enterrados vivos en fosas comunes, a nuestros
primos detenidos y encarcelados de por vida… El Aaiun del que yo puedo
hablar no es el mismo del que habla el señor Olarte.

La ciudad del visitante ocasional responde al capricho de quien la ocupa. No
nombra el señor Olarte la evidencia que tapan los colaboracionistas: El
Aaiun es la capital de los Territorios Ocupados del Sáhara Occidental y está
pendiente un proceso de descolonización. No reconocen y ocultan quienes se
manejan igual que el señor Olarte en esta parte del mundo que el pueblo
saharaui espera con una paciencia inagotable a que llegue el día en que
puedan ejercer su derecho a votar en un referéndum libre y democrático, su
derecho a la autodeterminación tal y como ha quedado establecido por la
legislación internacional, sea la Unión Europea sea Naciones Unidas.

Yo voy allí, al Aaiún, y no cuento con los favores marroquíes que le
dispensan al señor Olarte. Voy no sin antes avisar a la policía por si a las
autoridades marroquíes les da por no volver a dejarme salir, por retenerme
ilegalmente en el aeropuerto, o invadir el hogar de los amigos a los que
visito para obligarme a enseñarles mi pasaporte, tantas veces presentado
desde que cruzo los umbrales del pequeño y militar aeropuerto.

La ciudad del Aaiun no es como la presenta el señor Olarte en su artículo.
Yo también la veo cuando viajo allí y puedo afirmar “*con conocimiento de
causa*” que los ciudadanos saharauis viven en guetos y están permanentemente
vigilados. Las condiciones de vida de los ciudadanos saharauis allí son
lamentables y bochornosas, por lo puramente material y por otra cosa: porque
los invasores les han robado y suspendido sus derechos.

El señor Olarte y su compañía son miembros de una organización pro Derechos
Humanos. ¿Qué vieron desde su perspectiva colonial, falsamente moderna y
occidentalista? Es literal: “*En honor a la verdad, nada en particular*”.
Don Lorenzo une “honor” a la “verdad”. ¿”Nada” que significa? Significa que
el señor Olarte, como los marroquíes invasores, tapan y borran las secuelas
de lo que los saharauis argumentan y yo he visto; más aún, de lo que los
saharauis argumentan, porque lo han sufrido y lo sufren, y yo he visto. No
manifestación, no tumulto, afirma el señor Olarte, y ello subraya su “honor”
y su “verdad”. Yo vi lo contrario, y tengo pruebas de ello, si la vista no
miente y las fotografías tampoco. Vi una ingente formación de policías
marroquíes armados hasta los dientes frente a manifestantes indefensos; vi
(e insisto en que tengo pruebas de ello) a hombres y niños torturados. Vi a
un policía recriminar en francés a mi amiga y colaboradora periodista en una
comisaría y oí palabras sobre desapariciones en el desierto. Eso ocurre
ahí, en el lugar en el que fue acogido con tanto mimo el señor Olarte, a
quienes luchan por un Sahara libre e independiente.

¿Le cuento, señor Olarte, para que se instruya, lo que ocurrió con la visita
a los Territorios Ocupados del Sahara Occidental del Rey de Marruecos y sus
acompañantes, los miembros selectos de la Gendarmería Real, los policías del
Grupo de Intervención Rápida y la policía secreta marroquí? ¿Le cuento lo
que ocurrió con un nutrido grupo de colonos dispuestos a arremeter contra
los ciudadanos saharauis? ¿Le cuento lo que ocurre con los ciudadanos
saharauis atrapados en una cárcel atroz (la cárcel Negra del Aaiún), cárcel,
por cierto, a la que los marroquíes no dejan acercarse a los miembros de las
verdaderas organizaciones internacionales de derechos humanos? ¿Le cuento lo
que ocurre en la cárcel de Nador (al norte de Marruecos), en la cárcel de
Tiznit, en la de Ait Mel-loul y en la de Inzegan?…

Yo viví allí, vi y veo, señor Olarte. Los mundos que usted resume y yo
resumo no concuerdan. Su “honor” y su “verdad” colonialistas no son los
míos, ni los de la mayoría de los saharauis expulsos ni los de la inmensa
mayoría de los saharauis reprimidos en los Territorios Ocupados.

No le pido disculpas, señor Olarte; usted sí nos las debe.

Por un Sáhara libre,

Salka Embarek

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